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El Memo del Lunes

Cómo conocí a Indy Beagle

Yo era el chico nuevo en una ciudad nueva, arreglándome para comenzar la primaria.
Nos habíamos mudado a una casa alquilada más allá del perímetro externo de Skiatook, Oklahoma. No había otras casas a la visa, así que no había vecinos qué visitar, amigos nuevos qué hacer, nada más que caminar en círculos.
El colegio aún no había comenzado. Nuestra casa — como la mayor parte de casas en ese entonces — no tenía aire acondicionado.
El aire de Oklahoma era demasiado caliente, demasiado polvoroso para respirarse.
Allí fue cuando Indy se apareció y se presentó a sí mismo.
Él dijo: “¿Qué estás haciendo?”
“Camino en círculos.”
“¿Lo puedo hacer contigo?”
“Claro.”
No me sorprendió que Indy pudiera hablar y no me sorprendió que pudiera entrar en fotografías y pinturas y hablarles a las personas en ellas. Cuando salía de esas imágenes, me contaba las historias más asombrosas.
Indy sugirió que me convirtiera en escritor.
El verano siguiente, yo era el chico nuevo en otra ciudad nueva — Broken Arrow — pero teníamos vecinos y un parque y una casa con aire acondicionado. La Sra. Fisher le leía a la clase durante más o menos 15 minutos cada día mientras Indy dormía debajo de mi escritorio. Ella leía la Red de Charlotte y El sótano hasta abajo y luego nos dijo que escribiéramos un poema acerca de cualquier cosa que quisiéramos.
Yo escribí un poema acerca de un perro.
Todos estuvieron impresionados, hasta la Sra. Fisher.
Pennie y yo teníamos 19 años y ya habíamos estado casado más o menos un año cuando lancé “Daybreak”, un mensaje diario pregrabado de aliento que podías escuchar si conocías el número correcto de teléfono qué marcar. No podías dejar un mensaje porque era una máquina sólo de mensajes salientes que Pennie y yo alquilamos de la compañía de teléfonos por US$50 al mes. Nunca le dije a nadie mi nombre o cómo me podían contactar. “Daybreak” era sólo la voz de un extraño en el teléfono, hablándote como si te conociera. Me despertaba antes del amanecer todos los días y pasaba un par de horas escribiendo y grabando un nuevo mensaje de 2 minutos y luego me iba a trabajar.
Las máquinas de fax aún no habían sido inventadas. El internet ni siquiera era una fantasía.
“Daybreak” creció a tal punto en donde Pennie y yo tuvimos que agregar una línea adicional y alquilar una segunda máquina contestadora de la compañía de teléfonos porque demasiadas personas obtenían un tono de ocupado cuando llamaban.
One thousand different “Daybreak” messages were written and recorded in 1,000 days between 1977 and 1980.
“Daybreak” cost us about $130 month which is a lot of money when you make $3.35 an hour before taxes.
With 25% of our income going down those telephone lines each day, I got a second job monitoring an automated radio station in Tulsa once a week. I was given the shift that no one wanted. I went to work each Friday night at midnight and worked until 11AM on Saturday morning. Indy would always go with me to keep me company.
I had been there for more than a year when the General Manager walked in one Saturday morning about 9AM with a few notes scribbled on the back of a napkin about “Amir’s Persian Imports,” a local place that sold Persian rugs. He asked me to write an ad for them, so I wrote a 60-second story that took listeners into the sky on a magic carpet ride.
The ad performed well. Amir was impressed. My boss was impressed enough to offer me a full-time job.
Indy just smiled and winked at me.
Se escribieron mil diferentes mensajes de “Daybreak” y se grabaron en 1,000 días entre 1977 y 1980.
“Daybreak” nos costó alrededor de US$130 al mes, lo cual es mucho dinero cuando haces $3.35 la hora antes de impuestos.
Con el 25% de nuestros ingresos yéndose por esas líneas de teléfono todos los días, yo agarré un segundo trabajo monitoreando una estación de radio automatizada en Tulsa, una vez a la semana. Me dieron el turno que nadie quería. Me iba a trabajar cada viernes a la media noche, hasta las 11AM del sábado por la mañana. Indy siempre se iba conmigo y me hacía compañía.
Yo ya tenía más de un año de estar allí cuando el gerente general entró una mañana de sábado como a las 9AM con algunas notas garabateadas en la parte de atrás de una servilleta acerca de “Importaciones persas de Amir”, un lugar local que vendía alfombras persas. Me pidió que escribiera un anuncio para ellos, así que escribí una historia de 60 segundos que llevó a los escuchas por el cielo en un viaje sobre una alfombra mágica.
Al anuncio le fue bien. Amir estaba impresionado. Mi jefe estuvo lo suficientemente impresionado para ofrecerme un trabajo de tiempo completo.
Indy sólo me sonrió y me hizo un guiño.
Roy H. Williams