
En 1958, Paul ganaba 85 centavos la hora trabajando en una cantera de piedra caliza en Oklahoma
Él era un hombre con carácter, integridad y gentileza.
Él era callado, sonreía mucho y era un magnífico escucha.
La humildad, gentileza y confianza de Paul le otorgaba dignidad y autoridad a los ojos de cualquiera que lo conociera.
Él estaba felizmente casado y tenía tres niñas. Un día, su cuarta niña nació y él se adentró en una tormenta que pudo haberlo despedazado fácilmente.
Fue con un corazón pesado que el Doctor Franklin le dijo que había un problema con el factor Rh en la sangre de la bebé y que con toda certeza iba a morir.
Ella a penas, a penas, a penas estaba sobreviviendo.
Con lágrimas en los ojos, el Doctor Franklin le dijo: “Y su esposa también se está desvaneciendo rápidamente.” El Doctor Franklin dejó caer la cabeza sobre el pecho mientras le caían las lágrimas hasta los zapatos.
Una ambulancia llevó a toda prisa a ambas, madre e hija a un hospital más grande en una ciudad más grande.
Paul estaba completamente solo con ochenta y cinco centavos la hora y tres niñas pequeñas.
¡Varias horas más tarde, un feliz Doctor Franklin le dijo a Paul que ambas, madre e hija, iban a vivir!
Ambas iban a vivir.
La cuenta médica eran más de mil dólares y no había seguro; sólamente un esposo y una esposa y cuatro niñas pequeñas y ochenta y cinco centavos la hora.
Al ser un hombre íntegro, Paul fue a ver al Dr. Franklin al día siguiente para establecer un plan de pago para pagar esa factura médica de mil dólares.
El Dr. Franklin preguntó: “¿Cuál factura?”
El viejo Doctor Franklin le habló claramente.
“No hay factura médica. No me debes ningún dinero. Sólo se un buen padre para esas niñas.”
“Sólo se un buen padre para esas niñas.”
Puedo ser testigo que él fue un buen padre para esas niñas. Conocí a Paul Compton cuando yo tenía 14 años y estaba enamorado de su hija, la que casi se muere el día que nació.
Así es como yo lo conocí:
Una semana antes de comenzar mi último año de la secundaria, mi mamá recibió una invitación para una casa abierta en la escuela el martes por la noche, en donde podría conocer al entrenador Jerry Meeks, mi encargado de clase.
Él enseñaba historia de Oklahoma, por supuesto.
Adjunto a esa carta, había una lista de todos los demás estudiantes que estarían en mi primera clase.
Vi que Pennie Compton iba a estar en esa clase conmigo. Ella sabía quién era yo, pero nunca nos habíamos conocido bien. Esta sería la primera vez que estaríamos juntos en una clase.
Mi mamá no podía ir esa noche, lo cuál me convenía perfectamente. Yo tenía mis propios planes.
Yo fui la primera persona en llegar. El parqueo estaba vacío a excepción de los carros de los profesores. Me reuní con el entrenador Meeks, luego tomé asiento en un pupitre en la última fila. Alrededor de 30 minutos más tarde, un hombre alto entró con su esposa y la chica que yo sabía que iba a ser mi esposa.
Luego que Paul y su esposa intercambiaron saludos con el entrenador Meeks, me acerqué a él, me presenté y luego le di la mano mientras sonreía diciendo:
“Mi nombre es Roy Williams y usted me va a ver muy seguido.”
La semana pasada, la Princesa Pennie y yo celebramos nuestro aniversario 49.
Paul nunca me criticó ni me dio consejos salvo que yo se los pidiera.
Pero cuando se los pedía, me decía lo que pensaba, junto con algunas historias verdaderas de su propia vida explicando porqué él creía lo que creía.
Siempre habló lentamente y me dio toda su atención. Su confianza en mi era un aliento enorme.
En todas las décadas que conocí a Paul Compton, nunca lo vi levantar la cabeza después de orar sin lágrimas en las mejillas.
Cuando Paul le hablaba a Dios, uno sabía que Dios estaba escuchando.
Siempre esperaba con ilusión que él orara por mí.
Él era el mejor hombre que conocí.
Roy H. Williams