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El Memo del Lunes

¿Qué quisieras que hiciera?

¿Qué quisieras que hiciera?

Leer el título de este ensayo: “¿Qué quisieras que hiciera?”, podría hacer que te imagines que me estoy defendiendo, diciendo, en efecto, “No tuve otra opción”.
Pero quiero que escuches esas palabras en un tono de voz completamente diferente.
“¿Qué quisieras que hiciera?”, es una pregunta callada que frecuentemente le hago a Dios cuando me estoy sintiendo en conflicto o en duda. No puedo no decir que siempre lo siento guiando mi corazón en respuesta a mi pregunta, pero sí puedo decir que siempre me siento mejor por haber preguntado.
Nunca he “no creído” en Dios. En mi mundo interno, privado, la fe no es una cuestión de lógica o evidencia. Nunca intento “probar” la existencia de Dios, pero si me lo permites, voy a compartir una historia privada, determinante de cuando yo sentí que Él había respondido mi pregunta “¿Que quisieras que hiciera?”.
Mi única intención es alentarte. Como la fe, el alentar no es lógico. Es simplemente una luz cálida que puede hacer brillar un mundo privado, interno.
Era 1977. Pennie y yo llevábamos menos de un año de casados y estábamos tratando de decidir qué hacer con nuestras vidas. Yo estaba trabajando por US$3.35 la hora en una fábrica de cosas de acero, cortando, soldando, lijando y comprobando a presión convertidores de calor gigantescos que se ponen en pozos de petróleo. Con martillos machacando el metal, lijas lloviéndote de chispas y el olor acre de los vahos de soldadura quemando tu nariz, una fábrica de acero es el lugar perfecto para desarrollar tu mundo privado, interno.
Una mañana me metí a un cubículo del baño en el trabajo, pero no porque necesitara ir al baño. Me acuclillé dentro, cerré la puerta con llave y me senté a hablarle a Dios. “¿Qué quisieras que hiciera? Si me lo dices, lo hago. Y yo sé que me puedes hacer llegar un mensaje porque tú eres Dios, ¿no es así? Y una cosa más. Yo sé que me escuchas y yo sé que no te vas a olvidar que te pregunté, así que no pienses en escaparte de ésta. Yo confío que me vas a decir cuando tú estés listo. Amén”.
Me levanté y quité la llave de la puerta justo cuando el pito anunció que era el momento de pausa. Salí al piso de trabajo de 45,000 pies cuadrados, revisé la parte de arriba de todos los gabinetes de herramientas en búsqueda de mi taza de café. Habiendo dicho todo lo que tenía que decirle a Dios, mi único pensamiento era tomar una taza de café.
Lo que sucedió después es difícil de describir, pero haré mi mejor esfuerzo.
De pronto y muy inesperadamente, supe exactamente lo que yo debía hacer y me dejó sorprendido. No vi ni escuché nada, pero mi sorpresa fue la misma como si me hubiera visto mí mismo a través de la bodega, sacando un mensaje de un saco de cartas y extendiéndoselo a alguien.
Este conocimiento, o consciencia, o como sea que le digas, era totalmente distinto de cualquier cosa que yo haya experimentado. Sin ver o escuchar nada, yo tuve tanta certeza — y estuve igual de sorprendido — como si hubiera visto a una persona o escuchado una voz.
Caminé hacia el reloj, agarré mi tarjeta, me marqué la salida, entré a mi carro y manejé hacia el Edificio Federal en el centro de Tulsa, en donde me presenté con el una mujer agotada sentada detrás de un escritorio. “Vine a convertirme en cartero”, le dije y luego le conté la historia que te acabo de contar.
Cuando me fui, la mujer ya no se miraba agotada. Estaba sorprendida, confundida y contemplativa. Yo creo que estaba luchando por decidir si yo tenía alucinaciones, o si era remotamente posible que lo que le estaba contando fuera cierto.
Viví en un estado continuo de emoción durante los siguientes dos días, pero cuando aquieté mi corazón para continuar mi conversación con Dios en ese mundo privado, interno, me di cuenta que no se suponía que yo debía trabajar para el Servicio Postal de los Estados Unidos, pero que debía entregar mensajes de otro tipo.
En mi pausa de almuerzo de ese día, manejé hacia el Edificio Federal, encontré a la misma mujer y le di el resto del mensaje. Cuando me fui, ella se miraba aún más sorprendida, confundida y contemplativa que antes.
Luego, alquilé una máquina contestadora de sólo anuncios de la compañía telefónica, instalé una línea telefónica adicional en nuestro apartamento y comencé a escribir y grabar un mensaje de ánimo cada día, 7 días a la semana. Puse pequeños anuncios clasificados en todos los periódicos gratuitos que se distribuían en puestos pequeños fuera de tiendas de conveniencia y lavanderías automáticas.
“Tómate una pausa de tu día. PAUSADIARIA. 258-7700”
Nadie sabía quién estaba grabando estos mensajes ni por qué, pero unos cuantos meses después el pequeño contador de la máquina indicaba que yo estaba recibiendo más de 200 llamadas al día. Y cada vez que yo escuchaba que se retrocedía esa cinta, usualmente pasaba menos de un minuto antes que la pequeña luz ruja indicara que estaba entrando otra llamada. Cuando hice los cálculos y vi que un mensaje de 3 minutos sonando 200 veces acaparaba la línea durante 10 horas al día, me di cuenta que muchas personas debían estar encontrando la línea ocupada. Así que alquilé una segunda máquina contestadora de sólo anuncios e instalé una segunda línea telefónica.
Al final de dos años, habiendo escrito y grabado más de 700 mensajes distintos, necesité un trabajo de medio tiempo para ayudarme a pagarlo todo. Así que tomé un trabajo en la radio trabajando de las 11pm los viernes a las 10 am los sábados. Esto me daba 27 dólares a la semana luego de impuestos, que era casi exactamente lo que necesitaba para pagar las líneas de teléfono y el equipo alquilado. No tenía visiones de una carrera como anunciante de radio. Yo simplemente necesitaba algo de dinero para pagar PAUSADIARA.
Un sábado por la mañana, un representante de ventas me preguntó si yo estaba dispuesto a escribir algunos anuncios mientras vigilaba nuestra cabina de transmisión semi automática durante la mitad de la noche. No sabía que yo me había pasado dos horas al día durante más de 700 días escribiendo mensajes para hacer que la gente pensara y se sintiera de forma distinta.
Hijo-de-su-madre. ¡Mis anuncios hicieron maravillas” Ahora todos querían que yo escribiera anuncios para sus clientes. El gerente general, sin embargo, decidió que lo más inteligente era ofrecerme un trabajo como ejecutivo de cuentas.
Los mensajes diarios grabados se convirtieron más adelante en un Memo por fax enviado una vez a la semana en las primeras horas del lunes por la mañana. Y luego vino el internet.
En 1998, Bard Press tomó 100 de esos Memos y los convirtió en El Mago de la Publicidad. Otros 100 Memos se convirtieron en Las Fórmulas Secretas del Mago de la Publicidad y unos terceros 100 se convirtieron en Los Mundos Mágicos del Mago de la Publicidad. Y luego Pennie decidió que debíamos construir un campus en donde la gente pudiera ir a despejarse la mente y recibir aliento e instrucción.
Sin metas. Ningún plan maestro. Simplemente adaptarse e improvisar, adaptarse e improvisar. En las palabras de Teddy Roosevelt: “Haz lo que puedas, con lo que tengas, en donde estés”.
Así que ya sabes.
Roy H. Williams

¡MI PRIMERA HISTORIA CORTA VA A SER EL MEMO DEL LUNES POR LA MAÑANA DE LA PRÓXIMA SEMANA! — INDY BEAGLE
El memo de hoy fue un poco más largo que el promedio pero ya que es el lunes entre Navidad y Año Nuevo (y también el 44º aniversario de bodas del Mago y la Princesa), el mago se imaginó que tenías un par de minutos extras más de lo usual. ¡También yo te armé una linda madriguera del conejo! Simplemente haz clic sobre la imagen al principio de esta página y entras. Luego sigue haciendo clic sobre las imágenes hasta llegar al fondo. Aruú, Indy Beagle