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Cuando Creemos

lunes, 4 de diciembre de 2017

Cuando Creemos

Estaba preocupado que la cena de Acción de Gracias no fuera ser igual este año sin el Tío Alfred. Cada año, desde que puedo recordarme, cuando llegaba el momento en que cada uno dijera qué teníamos que agradecer, el Tío Alfred nos contaba su famoso Cuento de los Zapatos.

“Tu mamá tenía seis años y yo nueve cuando yo tenía que cortarle las puntas a mis zapatos para dejar que se salieran los dedos. Un año más tarde, no podía ni siquiera meter los pies. En los días verdaderamente fríos, yo envolvía mis pies en periódicos y los amarraba con hilo de embalar. Siempre sabía en dónde encontrar el hilo, porque el repartidor de periódicos siempre cortaba los paquetes entre la Novena y Pike cada mañana, justo enfrente de la tienda por departamentos Boscov´s.

Una mañana a finales de noviembre, yo estaba viendo un par de zapatos en la ventana de Boscov´s cuando escuché la voz de una mujer detrás mío decir: “Un centavo por tus pensamientos.”

Me di la vuelta y allí estaba ella, enseñando un centavo. Podías comprar dulces por un centavo en esos días, así que tomé la moneda y le dije la verdad, a pesar de sentirme terriblemente avergonzado: “Estaba pidiéndole a Dios un par de zapatos.” Su cara se nubló un poco cuando dije eso y pensé que se había decepcionado con mi respuesta y quería su centavo de regreso, así que bajé los ojos al suelo. Allí fue cuando ella me levantó la barbilla con sus dedos y sonrió.

“¿Cuál es tu nombre?”, preguntó.

“Alfred”, le respondí.

Ella abrió la puerta de Boscov´s con una mano y me alargó la otra: “Entra conmigo, Alfred.”

Yo nunca había estado dentro de Boscov´s.

Ella me sentó en el departamento de zapatos, desenvolvió los periódicos de mis pies y le dijo al dependiente que trajera siete pares de calcetines, todos del mismo color. Ella me puso un par, luego le dijo al dependiente que me tallara con las mejores botas de trabajo que pudieran comprarse, pero que fueran un poco holgadas porque yo obviamente era un chico en crecimiento.

Parado en esas botas, me sentía de dos metros de alto.

Ella le pagó al dependiente, luego me dio la caja de botas que contenía los otros cinco pares de calcetines. Me dio la mano y dijo: “Feliz Día de Acción de Gracias, Alfred y Feliz Navidad.” Y luego comenzó a alejarse.

Allí fue cuando me sorprendió escuchar mi propia voz trémula preguntar: “¿Usted es la esposa de Dios?”

La hermosa mujer se dio la vuelta y sonrió: “No, cariño, yo soy la Sra. McGovern.”

El Tío Alfred siempre terminaba su Cuento de los Zapatos en la misma forma. “Nunca volví a ver a la Sra. MacGovern, pero la voy a recordar el resto de mi vida.” Y luego se secaba las lágrimas de la mejilla.

El Tío Alfred nunca se casó y nunca se fue de Reading, Pennsylvania. Pero fue escalando los puestos hasta convertirse en ejecutivo de un tren y le fue muy bien. Pero mi Tío Alfred también fue bueno. Porque cada año a finales de noviembre, desde que tenía 17 años, Alfred le compraba un número sustancial de zapatos nuevos a todos los niños pobres que podía. Cientos de niños al año. Y cada par era entregado con una nota que decía: “Un Regalo de la Sra. McGovern.”

And now I must break your heart.

I don’t have an Uncle Alfred.

Y ahora tengo que romperte el corazón.

Yo no tengo un Tío Alfred.

“Todos somos muy buenos para suspender nuestra desconfianza. Lo hacemos todos los días leyendo novelas, viendo televisión o yendo al cine. Nos adentramos voluntariamente en mundos en los que le hacemos porras a nuestros héroes y lloramos por amigos que nunca tuvimos.”

  • Marco Tempest, en su Charla TED del 2012

“La ficción usualmente es vista como un entretenimiento escapista… Pero es difícil reconciliar la teoría escapista de la ficción con los patrones profundos que hemos encontrado en el arte de contar cuentos… Nuestros varios mundos ficticios son — en su totalidad — paisajes de horror. La ficción puede liberarnos temporalmente de nuestros problemas, pero lo hace atrapándonos en nuevos sets de problemas — en mundos imaginarios de luchas y estrés y tristeza mortal… La ficción también también parece ser más efectiva para cambiar las creencias que la no ficción, que está diseñada para persuadir a través de argumento y evidencia. Estudios demuestran que cuando leemos no ficción, leemos con los escudos puestos. Somos críticos y escépticos. Pero cuando nos absorbe una historia, bajamos nuestra guardia intelectual.”

– Jonathan Gottschall

Los hechos cuentan. Las historias venden. Y lo específico es más creíble que lo general.

Yo les llamo a eso específico “ganchos de realidad”. Ellos hacen que una historia se sienta real, aun cuando no lo es.

Le metí 62 de ellos en mi historia acerca del mi Tío Alfred. Mira si los puedes encontrar.

Mi historia del Tío Alfred fue simplemente una versión modificada de una historia atribuida al ya fallecido Leo Buscaglia. Así es como se cuenta usualmente:

Un (sin nombre) niño descalzo estaba viendo una vitrina de una (sin nombre) zapatería en un día frío (en una ciudad sin nombre).

Una (sin nombre) mujer se le acercó y le dijo: “Vaya, cómo estás de concentrado”. El niño contestó: “Le estaba pidiendo a Dios un par de zapatos.”

Tomándolo de la mano, la mujer lo metió a la zapatería y le pidió al dependiente que le trajera un recipiente con agua y una toalla. (Porque, ya sabes, los dependientes de zapaterías siempre tienen un recipiente con agua y una toalla a la mano.) Él se los llevó rápidamente. Ella luego le lavó los pies al niño y los secó con la toalla. Poniéndole un par de calcetines en los pies, procedió a comprarle un par de zapatos.

Cuando ella se dio la vuelta para irse, el niño sorprendido le agarró la mano.

Viendo su cara, con lágrimas en los ojos, le preguntó: `¿Usted es la esposa de Dios?´”

Sí, es un lindo cuento y tiene excelente moralidad y hace eco a la historia de Jesús lavando los pies de los discípulos en la última cena.

¿Pero sonó tan cierta como mi cuento del Tío Alfred y la Sra. McGovern en el departamento de zapatos de Boscov´s en Reading, Pennsylvania?

Si quieres ser más convincente, recuerda esto: lo específico es más creíble que lo general.

Y, sólo para que quede en el registro, el Boscov´s entre la Novena y Pike en Reading, Pennsylvania fue construido en 1918. Revísalo si quieres.

¿Puedes decir “gancho de realidad”?

Indy me dijo que te dijera Aruuú.

Roy H. Williams

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