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El Memo del Lunes

En un día lluvioso de otoño…

Su papá le decía Conejito porque nació en Domino de Pascua.
El hermano más pequeño de Conejito obtuvo una beca para Harvard.
Yo me sé de memoria los dos números de teléfono de Conejito desde hace 48 años y menciono su nombre al menos una vez a la semana. “No me hagas decir Loren L. Lewis”, ha sido un chiste privado entre la Princesa y yo desde que tenemos 17 años.
Pasé mis fines de semana en Oklahoma ayudando a Loren a cargar y descargar la montaña de muebles antiguos que compraba en subastas.
Loren me infectó con una adicción a revisar subastas que nunca me dejó.
Al final de cada subasta, él y yo cargábamos 5 veces más muebles de lo que era posible meterle a — y encima de — mi camionetilla Ford Station Wagon. Se convirtió en un punto de honor que nunca tuviéramos que realizar un segundo viaje. Loren era una leyenda. Él y yo hubiéramos podido cargar el contenido completo de una casa promedio de tres cuadros, incluyendo los electrodomésticos, en un sólo viaje.
Pennie fue testigo de cómo Loren hacía magia más de una vez, así que cuando ella y yo vamos a Costco o a Home Depot o a un vivero o a una subasta y compramos mucho más de lo que es posible meterle a su pequeña SUV, ella siempre me va a y decir: “¿Crees que lo podemos llevar todo a casa?”
Yo sonrío y digo: “No me hagas decir Loren L. Lewis”.
Siempre lo llevo todo a casa en un sólo viaje. Siempre. Parecemos los Beverly Hillbillies cuando vamos en la carretera, pero yo me gradué magna cum laude de la Escuela de Carga de Loren L. Lewis, en donde nuestro lema es: “Claro que lo podemos llevar en un sólo viaje. No me hagas decir Loren L. Lewis”.
Cuando yo tenía 15 años, Loren tenía 30. Cualquiera que nos viera juntos supondría que él era mi hermano mayor o mi tío muy joven. Loren me enseñó cómo reconstruir un motor de carro. Loren me llevó a la emergencia cuando casi me rebano el dedo índice tratando de cortar la orilla de un cobertor de luz plástico. Luego de salir de la emergencia, Loren me llevó a un bar de mala muerte en un lugar extraño de Tulsa para enseñarme cómo jugar al billar.
Me desperté anoche sintiendo que había permitido que lo meramente urgente desplazara lo verdaderamente importante. Busqué en Google “Loren Ladic Lewis” y vi su obituario.
Mi hermano mayor murió el 20 de enero del año pasado y nadie me contó. Lo peor es que en los 16 meses que han pasado desde que murió, yo siempre estuve demasiado ocupado como para llamar a alguno de los números que me he sabido de memoria desde hace 48 años. ¿Qué estuve haciendo durante 17 meses que fue tan desesperadamente importante?
¿Hay una persona en tu vida a quien quieras y a quien no hayas llamado en un buen tiempo?
No me hagas decir Loren L. Lewis.

Roy H. Williams