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Harold Van der Huizen

lunes, 25 de junio de 2018

Harold Van der Huizen

Muchas veces me he preguntado qué le pasó.

Flecha Rota, Oklahoma, 1979: Pennie y yo nos acabábamos de mudar a nuestra primera casa.

Ésta…

había sido construida antes que Oklahoma fuera un estado,

nunca había tenido una hipoteca,

la habían expandido tres veces distintas,

y ahora apenas tenía 800 pies cuadrados,

había estado abandonada por más de 10 años,

y nos la vendieron por US$21,500.

No estaba en un vecindario impresionante.

Pennie se asomó por la ventana de enfrente y vio a un hombre que daba miedo trabajando en su carro. Me lo mencionó. Me asomé a la ventana y vi a un hombre en sus 30s con ropa raída y el pelo sucio sujetado en cola de caballo que llegaba hasta debajo de su cinturón. Él había alquilado la cabaña inhabitable al otro lado de la calle.

Salí para encontrarlo. “Hola. Soy Roy. Yo vivo allá.”

“Hola. Yo soy Harold.”

Lo ayudé a reparar su carro, un Chevy Vega en las últimas.

Harold y yo nos hicimos buenos amigos. Él hablaba suave, era respetuoso y sentimental. A Pennie también la caía bien.

Un domingo por la tarde, sonó el teléfono. Era Harold. “Roy, ¿tienes US$400 en efectivo?”

Milagrosamente, sí tenía US$400 en efectivo ese día, un acontecimiento extremadamente extraño. “Harold, si hubieras llamado cualquier otro día, no hubiera podido decirte que sí. Pero, de hecho, sí tengo US$400”.

“Jefe, necesito que ventas a sacarme de la cárcel. Me pasé un semáforo en rojo a la media noche y no tenía mi licencia de conducir. ¿Puedes venir a pagar la fianza? Te lo puedo pagar en cuanto esté en mi casa, te lo prometo”.

“Llego en seguida.”

Mientras salíamos de la estación de policía, Harold decía: “Si pudieras, necesito que me hagas un favor más.”

“Está bien, ¿qué será?”

“Sígueme a la casa de mi jefe. Él ha querido comprarme mi Vega y meterle un motor grande para hacerse un carro de carreras callejeras. Decidí vendérselo.”

Paramos en la casa de Harold en donde me pagó los US$400 de vuelta y luego lo seguí algunas millas hasta donde vivía su jefe. El trabajo de Harold era mezclar cemento todo el día y pasárselo en cubetas de 5 galones a los que ponían los ladrillos en la pasarela. Le pagaban en efectivo cada semana.

Harold le dio las llaves del carro a su jefe, se subió a mi carro de nuevo, me vio con ojos llenos de lágrimas y dijo: “¿Un último favor?”

“Lo que necesites.”

“Llévame a la estación de buses.”

“Harold, ¿qué está pasando?”

Él trataba de parar las lágrimas. “Me voy a comprar un billete en el primer bus que salga de la estación y me voy a mudar a donde sea que ese bus me lleve. Roy, soy un convicto escapado.”

Me tomó algunos momentos encontrar mi voz. “¿Por qué estabas en prisión, Harold?”

Allí fue cuando me contó que su nombre verdadero era Jeff-algo. Tristemente, me olvidé del apellido de Jeff porque sólo me lo dijo esa vez, en un momento de mucha distracción, hace 39 años.

“Acababa de cumplir 18 años cuando mi papá me dio una paliza enorme y decidí irme de la casa. Viajé como pude y dormí en campos abiertos unos días hasta que se me terminó el dinero para comida. Estaba caminando por una carretera en la mañana del tercer día cuando vi a un granjero trabajando solo. Me le acerqué y le pregunté si me podía dar de comer y pagarme algunos dólares si lo ayudaba todo el día. Él dijo que sí. Al final del día, me dio de comer, pero dijo que jamás había aceptado pagarme en efectivo. Yo estaba muy enojado, así que salí a su establo y tomé un recipiente de combustible de 5 galones y un rifle calibre 22 que tenía para dispararle a las ratas y comencé a caminar por la carretera.”

En esos días, era fácil que alguien aceptara llevarte en su carro cuando tenías un bidón de combustible para darle al que te recogiera.

Yo tenía planeado vender el .22 en la casa de empeño más cercana. Nunca se me ocurrió que el granjero me había visto y había llamado al sherif. Sólo había caminado unas 200 yardas cuando me arrestaron y llevaron a la cárcel.”

“¿Y qué pasó después?”

“Ya había pasado en la cárcel un par de semana cuando me escondí entre una pila de ropa sucia en un carro de lona de la lavandería justo antes que lo subieran al camión. Yo no peso mucho, así que nadie se dio cuenta. Luego, cuando pararon en un semáforo, salí de la ropa sucia de un salto y me escabullí por la parte trasera del camión. Esa fue la primera vez que escapé.”

Me crecieron los ojos, estoy seguro. “¿Cuántas veces has escapado?”

“La tercera vez fue hace dos años. Siempre me capturan por una infracción de tránsito. No tengo licencia de conducir.” Sonrió una sonrisa débil. “Tuve. Mucha suerte que me capturaran el sábado por la noche porque el lugar de las huellas digitales no está abierto los domingos. Si no me hubieras sacado de la cárcel, hubieran entrado a mi celda y dicho mi verdadero nombre.”

“¿Por qué estabas en la cárcel la segunda y tercera vez?”

“Por escaparme. Siempre te incrementan la condena cuando te escapas. He estado entrando y saliendo de la cárcel durante 16 años.”

“¿Y lo único que te robaste fue un bidón de 5 galones de combustible y un rifle .22?” Jeff sólo pudo asentir mientras se le escapaban las lágrimas entre la barba. No hablamos durante un tiempo. Finalmente le pregunté: “¿Cómo saliste la última vez?”

“Me salté la pared.”

“¿Qué?”

“Me salte la pared.”

“¿Pero cómo?”

“Roy, no es la pared la que te mantiene en prisión; son los tipos con los rifles en las torres.”

Contemplé en silencio lo que él había dicho. Luego de un momento, continuó.

“Te saltas la pared cuando los tipos con los rifles ya no te dan miedo. Porque, de una forma u otra, no vas a vivir un día más en prisión.”

Me he preguntado muchas veces qué le sucedió.

Roy H. Williams

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