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El Memo del Lunes

El Excepcionalismo de 1687

El Excepcionalismo de 1687

Hace exactamente trescientos treinta años – hace aproximadamente diez generaciones de padres e hijos – el explorador francés La Salle, buscando la desembocadura del Río Mississippi, fue asesinado por sus propios hombres.

Estábamos experimentando disfunción entre supuestos miembros del equipo.

En Virginia, un Nicholas Spencer en pánico, de Westmoreland County, le provee al Gobernador de Virginia, Francis Howard, la “Información del Descubrimiento de un Complot Negro para Destruir y matar a los Sujetos de Su Majestad, con el designio de llevarlo a cabo por toda la Colonia de Virginia…”

Los blancos temían que gente de otra raza los masacrara.

De regreso en Inglaterra, el Rey Jaime I ordena que su declaración de indulgencia sea leída en las iglesias inglesas, un primer paso hacia asegurar la libertad religiosa en las Islas Británicas. Luego desarma el parlamento inglés.

La persona a cargo de la nación más poderosa del mundo decidió que no necesitaba ninguna ayuda.

Y la Sociedad Real es sacudida por la publicación de Isaac Newton: Principia Mathematica.

De acuerdo al autor Edward Dolnick * la Sociedad Real de 1687 era:

“Una colección desordenada de genios, inadaptados y excéntricos, que vivían precariamente entre dos mundos, el medieval en el que habían crecido y uno nuevo que tan sólo habían atisbado. Ellos eran hombres brillantes, ambiciosos, confundidos y conflictuados. Creían en ángeles y la alquimia y el demonio y creían que el universo seguía leyes matemáticas precisas. En su momento, ellos abrirían de golpe las puertas del mundo moderno.”

Me intriga la descripción de Dolnick de la Sociedad Real, porque no puedo imaginar una mejor descripción de los cognoscenti de la Academia del Mago que: “una colección desordenada de genios, inadaptados y excéntricos”.

Pero luego Dolnick toca la campana equivocada. Él contrasta una creencia en “ángeles y la alquimia y el demonio”, con una creencia que “el universo sigue leyes matemáticas precisas”, como si esas dos creencias fueran mutuamente excluyentes.

Yo no creo en la alquimia, pero sí creo en ángeles.

Y creo que el universo sigue leyes matemáticas precisas.

Y creo en los milagros.

Digamos que tú y yo estamos jugando billar. Cualquier con un conocimiento de la física sabe que una bola de billar a la que se le pega limpiamente con el palo de billar va a continuar rodando hacia el hoyo hacia el que se dirige: porque el universo sigue leyes matemáticas precisas. Pero, ¿qué pasa si, justo cuando la bola va a caer dentro del hoy, un espectador inocente se inclina y levanta la bola de la superficie? ¿Se destruyeron las leyes de la física? Por supuesto que no.

Simplemente no tomamos en consideración la intervención de un espectador inocente; ese extraño no visto que ocasionalmente hace un milagro.

Roy H. Williams