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El Memo del Lunes

Optimismo Fatal
El Lagarto y la Golondrina

GatorMouth5

Pocas personas te agotan tanto como las que viven la vida en una clave menor.

Las personas pesimistas me recuerdan a Eeyore el burro de Winnie the Pooh:

“No creo que podamos hacerlo.”
“Esta idea nunca va a funcionar.”

“Probablemente va a llover.”

Por el otro lado, pocas personas son tan aterradoras con el opuesto de Eeyore.

¿Alguna vez has conocido a alguien con Optimismo Fatal?

“Si tan sólo tenemos pensamientos felices, todo va a estar bien.”

“Yo soy un hijo del Universo. Yo tengo derecho de estar aquí.”

“Yo soy un ganador. Yo puedo hacerlo. Yo soy especial.”

Yo propongo ser osado. Pero también creo que deberías tomar en cuenta el costo y estar dispuesto a pagar el precio. Los comediantes de Despair.com (Desesperanza) hablaron con la verdad cuando dijeron, “FRACASO: Porque a veces lo mejor de ti, simplemente no es suficientemente bueno.”

En su ensayo, Cómo el Pensamiento Positivo Destruyó la Economía, Barbara Ehrenreich escribe,

“Además de la codicia, otro hábito del pensamiento también debería asumir su parte de la culpa: el delirante pensamiento positivo del Estadounidense común.” Barbar escribe, “Todos saben que no vas a conseguir un trabajo en donde te paguen más de US$15 la hora, a menos que seas una `persona positiva´– sin dudas, sin críticas y sonriente — y nadie se convierte en Director General publicando advertencias de posibles desastres.”

¿Cómo nos contagiamos de Optimismo Fatal? Malcolm Gladwell dice que sucede lentamente.

“Como principiantes, no confiamos en nuestro juicio. Luego tenemos algún éxito y comenzamos a sentirnos un poco más seguros de nosotros mismos. Finalmente, alcanzamos la cima de nuestra carrera y sucumbimos en la trampa de pensar que no hay nada que no podamos dominar.  Mientras nos volvemos más viejos y obtenemos más experiencia, sobreestimamos la exactitud de nuestros juicios, especialmente cuando la tarea que está frente a nosotros es difícil y cuando estamos involucrados en algo de gran importancia personal.”

Al principio de la Primera Guerra Mundial, los británicos pensaron que:

Los turcos perderían en Gallipoli,

Bélgica sería un obstáculo para el avance de Alemania, y

Rusia seguramente aplastaría a los alemanes en el este.

Los franceses creyeron que su ejército estaría en el Rin dentro de las primeras seis semanas de la guerra. Mientras tanto, los alemanes estaban prediciendo que le tomaría al ejército alemán el mismo lapso de tiempo alcanzar las afueras de París.

Cada una de estas predicciones eran horrible y trágicamente erróneas.

¿Recuerdas a todas esas personas que aseguraban que los estadounidenses estarían “fuera de Irak” treinta días después de la invasión? Yo sabía que era políticamente peligroso y que me costaría amigos, clientes y dinero, pero yo respondí dando voz a mi preocupación de que estuviéramos desencadenando el próximo Viet Nam. No pocas personas se rieron y me dijeron, “Eres un tonto si crees que vamos a pelear esta guerra con hombres. Ésta va a ser una guerra de presionar botones.” Y me acusaron de no “apoyar a nuestras tropas.” Eso fue hace seis años y medio. ¿Me pregunto cuántas de esas tropas desearían que yo hubiera gritado más alto, durante más tiempo, antes?

Pero el memo de hoy no se trata de política, se trata de negocios. Incluí el recuerdo de la Guerra de Irak porque, además del reciente desmoronamiento hipotecario, no se me ocurría un ejemplo más punzante de sobreconfianza que nuestra invasión de Irak. (Sí, estoy totalmente consciente de que este comentario va a enfurecer a algunas personas. Pero cuando un hombre permite que le pongan las esposas de la opinión pública, sus palabras se vuelven flácidas y su consejo se vuelve sospechoso. Yo no quiero ser ese hombre.)

En el 2004, el Oxford University Press publicó un libro del psicólogo Mark Fenton-O´Creevy. Muy pocas personas lo leyeron. Ese profético libro fue el resultado de un estudio de tres años conducido por O´Creevy, que involucró a 118 gerentes y agentes de los cuatro principales bancos de inversión.

Una de las pruebas de O´Creevy incluía un programa de computadora que imitaba las altas y bajas del mercado bursátil. Mientras la línea se movía a través de la pantalla, se les pedía a los agentes que presionaran una serie de botones, los cuales, se les dijo, podrían o no afectar la trayectoria de la línea. Al final de cada sesión, se les pedía a los agentes que calificaran su efectividad para mover la línea hacia arriba. Ten en mente que los botones no tenían ninguna clase de efecto sobre la línea. Pero cada uno de los agentes bursátiles estaba convencido que había descubierto exactamente cuáles combinaciones de botones hacían que la línea subiera. (Los psicólogos llaman a esto “pensamiento mágico” y frecuentemente está asociado a la esquizofrenia.)

La sobreconfianza es el combustible espacial de las decisiones increíblemente tontas.

Como solía decir mi más viejo y sabio amigo Loren Lewis cuando yo tenía 17 años, “No dejes que tu boca de lagarto atore a tu trasero de golondrina.”

Se osado, pero toma en cuenta el costo.
Nunca presumas que no puedes perder.
Y recuerda:
El fracaso es una condición temporal.
No dejes que te atemorice.
Roy H. Williams

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